Ángel Mateo Charris
Pintor español
Hay algo más importante que la lógica: es la imaginación.
Alfred Hitchcock.
Tomás Mendoza es surrealista desde siempre. Y cuando digo siempre quiero decir desde todos los ahoras anteriores a éste mismo. Surrealista antes de que Bretón descubriera el mojo picón en Canarias, desde antes de que don Salvador Dalí realizara una arriesgada pirueta en el vientre de su madre y de que El Bosco descubriera una cosa que no supo cómo llamar. Surrealista antes de Marx y Freud, de Fu-Manchú y del Bombero Torero. Tomás practica el horror vacui mucho antes de que existiera el latín y de que el big bang lo llenara todo de vacío. Si buscas algo a lo que se parezca, él ya lo habrá hecho antes, porque viene de otro mundo: un planeta con relojes caprichosos y relaciones espaciotemporales muy canallas, de irreverentes dimensiones –segunda, tercera y cuarta– que se enzarzan en acaloradas disputas, de perspectivas borrachas y cromatismos intoxicados.
Coge la historia del arte, barájala, y el pintor de la plaza del lago te aparecerá en algún lugar políticamente incorrecto, entre Leonardo y George Grosz o entre Francisco de Goya y el milanés Arcimboldo, cómodamente incómodo, culo de mal asiento entre los bebedores de absenta y los coleccionistas de rarezas.
¿Tendrán algo que ver sus visiones con su vocación anfibia? ¿Será capaz doña Crítica, tan contemporánea ella, de concederle un lugar en su carnet de baile?
Muchas preguntas: es pensar en Tomás y me asaltan montones de interrogantes, con sus puntitos arriba y abajo, con sus desconcertantes curvas, con y sin serifa, en cursivas y negritas, de todos los tipos y razas, arrastrándome a sus suelos de damero donde intentan endosarme unos patines. Y ahí están, los veo, los dibujos que Mendoza ha ido trazando mientras patina en la pulida superficie, sus giros y piruetas transmutados en arte de Marte, en un sistema circulatorio de venas elásticas y compases retorcidos: hasta el infinito y más allá.


Cristobal Belda Navarro
Catedrático de Historia del Arte de la Universidad de Murcia
El caso de Tomás Mendoza es de una singularidad reconocida… una seria propuesta que reflexiona sobre el poder evocador del artista como instrumento que refleja sus propias reflexiones.
En la pintura de Mendoza la luz y el color funcionan como reflejos del inconsciente, fruto de un diálogo interior del artista con sus propias emociones. La obra se convierte así en una forma de autoconocimiento, donde la pintura actúa como conversación con aquello que permanece oculto en la memoria y la imaginación.
Lorenzo García-Diego Pérez
Crítico de arte y marchante español
Un estilo que convive con referencias de la historia del arte, y que absorbe sugerencias extraídas del cosmos imaginativo de artistas como El Bosco y Dalí, filtrando sus vivencias a través de su propio saber y una técnica dibujística depurada.


José Francisco López Martínez
Técnico de Gestión de Patrimonio Cultural, doctor en Historia del Arte
Tomás Mendoza es un exhibicionista: pinta sus más íntimos pensamientos.
Y un exhibicionista siempre causa una cierta alarma.
No me gustan los cuadros de Tomás Mendoza porque me confrontan conmigo mismo. En ocasiones, me gustan los cuadros de Tomás Mendoza porque me confrontan conmigo mismo. A fin de cuentas, las obsesiones, los anhelos, las frustraciones no difieren tanto de unas personas a otras. Unos se detienen a reflexionar, se retuercen sobre sí mismos hasta llegar a darse la vuelta y mostrar el forro como capa externa. Otros, la mayoría, preferimos ir a cubierto y guardar las entretelas.
Utiliza Tomás la pintura como un metalenguaje políglota, resuelto en lenguas, que lo mismo usan elementos claramente identificables del mundo sensible, como otros con un carácter más espiritual, como pueden ser el color y la propia composición.
No son cuadros para todo el mundo y para cualquier lugar. Estoy seguro de que Tomás Mendoza no los colgaría en su casa, a no ser que le gustara vivir en el laberinto de los espejos.
Mariano Carrera Blázquez, Dis Berlin
Pintor español
Letanía en magenta sobre verde fluorescente
La pintura de Tomás Mendoza es un big ban mental.
La pintura de Tomás Mendoza es antiburguesa.
La pintura de Tomás Mendoza es inaudita.
La pintura de Tomás Mendoza es indescriptible.
La pintura de Tomás Mendoza es volcánica.
La pintura de Tomás Mendoza es inabarcable.
La pintura de Tomás Mendoza es pánica.
La pintura de Tomás Mendoza es imprevisible.
La pintura de Tomás Mendoza es apabullante.
La pintura de Tomás Mendoza es inexplicable.
La pintura de Tomás Mendoza es obsesiva.
La pintura de Tomás Mendoza es inquietante.
La pintura de Tomás Mendoza es la apología del Horror Vacui.
La pintura de Tomás Mendoza es estremecedora.
La pintura de Tomás Mendoza es un despilfarro.
La pintura de Tomás Mendoza es una chistera inagotable.
La pintura de Tomás Mendoza es asombrosa.
